Tres meses después, el mundo parecía haber aprendido, al fin, a respirar de nuevo para Camely.
No era que el pasado hubiera desaparecido. No se borran así las heridas profundas, ni se silencian del todo los recuerdos que marcaron la piel y el alma.
Pero ya no gobernaban cada pensamiento, ya no se imponían como una sombra constante. El dolor seguía ahí, sí, latente, pero había sido empujado a un rincón más discreto del corazón, donde ya no gritaba a cada paso, donde ya no exigía ser el centro de