Tres meses después, el mundo parecía haber aprendido, al fin, a respirar de nuevo para Camely.
No era que el pasado hubiera desaparecido. No se borran así las heridas profundas, ni se silencian del todo los recuerdos que marcaron la piel y el alma.
Pero ya no gobernaban cada pensamiento, ya no se imponían como una sombra constante. El dolor seguía ahí, sí, latente, pero había sido empujado a un rincón más discreto del corazón, donde ya no gritaba a cada paso, donde ya no exigía ser el centro de todo.
Por primera vez en mucho tiempo, la vida se permitía ofrecer algo distinto.
Calma.
Una calma frágil, tal vez, pero real. Y Camely la aceptaba con cautela, como quien aprende a caminar después de una larga caída.
Fue en ese estado de reconstrucción silenciosa que emprendieron aquel viaje tan esperado.
Camely, Zacarías y las niñas subieron a bordo del crucero de Disney con el corazón cargado de expectativas. Quince días completos, lejos de todo lo que había dolido, lejos de los tribunales, d