Finalmente, Jenny caminó por el pasillo del brazo de su padre.
Cada paso resonaba en su pecho como un latido amplificado, no solo por la solemnidad del momento, sino por la vida que crecía dentro de ella. Instintivamente, llevó una mano a su vientre y sintió el suave pulso de su bebé. Ese contacto la ancló. Le recordó por qué estaba allí, por qué había elegido seguir adelante, incluso cuando el miedo y las dudas habían intentado paralizarla.
No era una huida. Era una elección.
Alzó la mirada y vio a Orson esperándola al final del pasillo. Estaba erguido, serio, pero sus ojos lo delataban: había emoción, nervios, una esperanza casi frágil. Cuando sus miradas se encontraron, Jenny supo que no estaba sola. Nunca lo había estado realmente.
Al llegar junto a él, Orson tomó su mano con firmeza, como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela en cualquier momento.
—Prometo que seremos felices —le dijo en voz baja, solo para ella.
Jenny sonrió. No una sonrisa ingenua, sino una cargada de to