Orson se incorporó de golpe, sobresaltado, como si despertara de una pesadilla demasiado real. El corazón le martillaba el pecho con violencia. Durante un segundo no entendió dónde estaba ni qué acababa de suceder. Luego la vio.
Jenny estaba frente a él.
Ella no hizo un escándalo. Su expresión era mucho peor que eso: una mezcla devastadora de dolor, vergüenza y decepción que le atravesó el alma como una cuchilla. Sus ojos brillaban, no por lágrimas, sino por una herida abierta que aún no sangraba, pero que ya dolía demasiado.
—¿Qué… qué significa esto, Orson? —preguntó ella con la voz temblorosa, rota, como si cada palabra le costara respirar.
Antes de que Orson pudiera reaccionar, una voz masculina, furiosa, cargada de autoridad y protección, retumbó en la habitación.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —rugió Zacarías.
El ambiente se tensó de inmediato. Orson sintió el peligro, el juicio inminente. Se levantó con rapidez, tomó del brazo a Susana con firmeza —no violencia, pero sí dec