Un año después, la vida de los Andrade parecía más sólida que nunca, como si el tiempo hubiera decidido recompensarlos por todo lo vivido. Zacarías y Camely estaban más unidos que nunca; su amor no solo se sentía, sino que se veía en cada gesto, en la forma en que se miraban, en la manera en que se entendían sin necesidad de palabras.
La empresa de los Andrade, que alguna vez había estado tambaleante, ahora crecía como la espuma, recuperando su prestigio y su valor, y superando, con esfuerzo y d