Gala avanzó con brusquedad, sin medir sus pasos ni contener el impulso que le quemaba el pecho. Su rostro estaba contraído por la rabia, los ojos encendidos por una furia que ya no intentaba disimular.
Sin ningún miramiento, apartó a las niñas con un movimiento seco del brazo, casi empujándolas hacia un lado.
El gesto fue tan abrupto que ambas pequeñas perdieron el equilibrio por un segundo y tuvieron que aferrarse entre sí para no caer.
El impacto no fue solo físico. Fue humillante, desmedido.
—¡Esto es ridículo! —exclamó Gala, con un desprecio que cortaba el aire—. ¡Mocosas tontas! ¿De dónde sacan que Zac es su padre?
Su voz resonó en la oficina como un latigazo.
Cada palabra estaba cargada de veneno, de celos, de una necesidad desesperada por marcar territorio.
—Él es mío —continuó, señalándolo con el mentón—. Mi futuro esposo. Y el padre del bebé que estoy esperando. Ustedes no son más que unas niñas malcriadas que no saben lo que dicen.
Las palabras cayeron como golpes directos al