Gala avanzó con brusquedad, sin medir sus pasos ni contener el impulso que le quemaba el pecho. Su rostro estaba contraído por la rabia, los ojos encendidos por una furia que ya no intentaba disimular.
Sin ningún miramiento, apartó a las niñas con un movimiento seco del brazo, casi empujándolas hacia un lado.
El gesto fue tan abrupto que ambas pequeñas perdieron el equilibrio por un segundo y tuvieron que aferrarse entre sí para no caer.
El impacto no fue solo físico. Fue humillante, desmedido.