Zacarías guardó la fotografía y el anillo en el bolsillo de su saco con un movimiento rápido, casi instintivo, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselos en cualquier segundo. El corazón le latía con fuerza, incómodo, acelerado, y una sensación amarga se le instaló en el pecho. Alzó un dedo y siseó con suavidad, pidiendo silencio.
Las niñas lo observaron con ojos grandes y atentos.
Durante un breve instante parecieron no entender, pero enseguida imitaron el gesto, llevándose un dedo a los labios y siseando también, como si aquel fuera un juego secreto… o como si estuvieran protegiendo algo mucho más importante: el secreto de papá.
Ese pensamiento lo sacudió.
—¡Niñas! ¿Qué hacen aquí? —la voz de Camely irrumpió de pronto, cortando el aire con brusquedad.
Zacarías levantó la mirada y se encontró con ella.
Camely avanzó rápidamente, tomó a las niñas de la mano y las apartó de él con una urgencia que no pasó desapercibida. Por dentro, estaba temblando.
No de frío, sino de miedo. Mi