Zacarías guardó la fotografía y el anillo en el bolsillo de su saco con un movimiento rápido, casi instintivo, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselos en cualquier segundo. El corazón le latía con fuerza, incómodo, acelerado, y una sensación amarga se le instaló en el pecho. Alzó un dedo y siseó con suavidad, pidiendo silencio.
Las niñas lo observaron con ojos grandes y atentos.
Durante un breve instante parecieron no entender, pero enseguida imitaron el gesto, llevándose un dedo a lo