Al llegar a la empresa, Camely descendió del auto sin mirar atrás. El movimiento fue automático, casi mecánico, como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer aun cuando su mente estaba en otra parte.
Cerró la puerta con un gesto seco, decidido, sin detenerse a respirar ni a ordenar el caos que llevaba dentro. Su mente estaba concentrada en lo que debía hacer, en el encuentro que la esperaba más arriba, en ese punto de no retorno al que se dirigía desde hacía días.
El pecho le pesaba. Las emociones se le habían ido acumulando como capas imposibles de desprender: la culpa, la ansiedad, el cansancio, el miedo de que todo estallara en el peor momento.
Caminó hacia el edificio con pasos firmes, convencida de que no podía flaquear ahora. No se permitió dudar. No se permitió mirar atrás.
No percibió, en ese mismo instante, que dos pequeñas figuras se movían con rapidez desde el asiento trasero del vehículo. No escuchó el leve crujido del asiento, ni el roce de la tela, ni las respiraciones