El señor Andrade seguía internado, conectado a máquinas que marcaban el ritmo frágil de su vida, con pitidos constantes y fríos. Los médicos habían sugerido mantenerlo bajo estricta vigilancia hospitalaria, pero fue Orson quien tomó una decisión distinta, firme, irrevocable. Ordenó que lo trasladaran a casa, que llevaran todo el equipo médico necesario, cada aparato, cada monitor, cada medicamento. No era solo por comodidad.
Era por protección.
Romina no debía volver a acercarse a él.
Zacarías lo supo desde el primer momento.
Cuando vio a su padre instalado en la habitación principal de la casa, rodeado de luces suaves y del murmullo controlado de las máquinas, sintió una mezcla amarga de alivio y culpa. Alivio porque seguía respirando. Culpa porque había llegado a ese punto por la traición de alguien que una vez llamaron familia.
Entró en silencio. El hombre dormía, el rostro más pálido de lo que recordaba, las facciones marcadas por el desgaste. Zacarías se acercó despacio, como si t