El señor Andrade seguía internado, conectado a máquinas que marcaban el ritmo frágil de su vida, con pitidos constantes y fríos. Los médicos habían sugerido mantenerlo bajo estricta vigilancia hospitalaria, pero fue Orson quien tomó una decisión distinta, firme, irrevocable. Ordenó que lo trasladaran a casa, que llevaran todo el equipo médico necesario, cada aparato, cada monitor, cada medicamento. No era solo por comodidad.
Era por protección.
Romina no debía volver a acercarse a él.
Zacarías l