—¡No tienes forma de demostrar lo que dices! —escupió Romina, con el rostro encendido por la rabia, los ojos brillándole con una furia mal contenida. Su voz no temblaba por miedo, sino por la impotencia de sentirse acorralada.
Camely no respondió de inmediato. No lo necesitaba. Se limitó a sonreír.
Fue una sonrisa lenta, medida, casi elegante. No era una burla abierta ni una provocación vulgar. Era la sonrisa de alguien que conoce la verdad… y sabe que, tarde o temprano, esa verdad termina impon