—¡No tienes forma de demostrar lo que dices! —escupió Romina, con el rostro encendido por la rabia, los ojos brillándole con una furia mal contenida. Su voz no temblaba por miedo, sino por la impotencia de sentirse acorralada.
Camely no respondió de inmediato. No lo necesitaba. Se limitó a sonreír.
Fue una sonrisa lenta, medida, casi elegante. No era una burla abierta ni una provocación vulgar. Era la sonrisa de alguien que conoce la verdad… y sabe que, tarde o temprano, esa verdad termina imponiéndose. De alguien que ya no tiene prisa porque ha sobrevivido a lo peor.
Esa sonrisa fue suficiente para desestabilizar a Romina.
—¿De qué te ríes? —espetó ella, dando un paso adelante—. ¿Crees que puedes venir a mi casa, envenenar a mi familia con mentiras, y salirte con la tuya?
Camely sostuvo su mirada sin pestañear. Su silencio era más elocuente que cualquier palabra.
En ese instante, la puerta se abrió con firmeza.
Jenny y Zacarías entraron a la habitación casi al mismo tiempo. El ambient