Orson se detuvo un momento frente a la cocina, respirando hondo mientras sostenía la taza de té entre sus manos. El aroma cálido le envolvía, pero no lograba calmar el torbellino que sentía por dentro.
Miró a María, que lo observaba con una mezcla de dulzura y preocupación, y apenas logró sonreír.
Ella, con su serenidad habitual, le recordó suavemente que mañana sería el festival de las niñas.
—Bien —dijo él, con voz firme, aunque algo tensa—. Mañana estaré ahí para las pequeñas.
Orson bebió el