Gala logró lanzar la jeringa con un movimiento torpe, desesperado. El objeto describió un arco breve en el aire y cayó dentro del bote de basura con un sonido seco, metálico, que resonó en la habitación como un disparo. Gala dio un paso atrás, el pecho subiéndole y bajándole con dificultad, los dedos temblorosos, el rostro desencajado.
—¡¿Qué haces aquí?! —la voz de Zacarías estalló en la habitación como un trueno que parte la noche en dos.
Gala se sobresaltó. Sus ojos se clavaron en él, abiertos de par en par, como si no hubiera previsto ese momento, como si la realidad la hubiera alcanzado de golpe.
Trató de hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Tragó saliva, una, dos veces, antes de lograr emitir sonido.
—Yo… yo solo vine a exigirle que no me haga daño —dijo al fin, con la voz quebrada—. Que no invente mentiras sobre mí. Zac, por favor… —dio un paso hacia él, implorante—. ¡Créeme! Yo no soy la villana que ella quiere hacer ver.
Los ojos de Camely se abrieron con h