El pasillo parecía más largo de lo que realmente era. Cada paso que Michael daba hacia la habitación lo sentía pesado, como si arrastrara cadenas invisibles atadas al pecho. El hospital olía a desinfectante y alcohol.
Cuando abrió la puerta, el aire se le fue de golpe.
Elizabeth estaba allí. Frágil. Silenciosa. Pálida como la sábana que la cubría hasta el abdomen. Las máquinas a su alrededor emitían pitidos regulares que, en lugar de tranquilizarlo, parecían recordarle que seguía viva… pero co