La habitación se mantenía en penumbra, apenas iluminada por la luz cálida que se filtraba desde el pasillo a través de la puerta entreabierta. El silencio se sentía denso, casi sagrado, interrumpido solo por el pitido suave y regular de los monitores médicos que marcaban el ritmo de la vida de Elizabeth.
Su respiración era leve, profunda, casi fantasmal. Pero sus párpados temblaron, apenas un parpadeo tenue, como si algo en su interior respondiera a una presencia invisible.
Un susurro. No de p