Austin encendió un tabaco con manos firmes, aunque sus ojos mostraban un temblor que el humo no podía disimular. Dio una calada lenta, dejando que la brasa iluminara por un instante el perfil de su rostro envejecido.
—Te amo, Christopher —dijo con voz grave—. Eres mi orgullo. Aunque no lleves mi sangre, llevas mi amor.
Christopher lo miraba fijo, con el pecho agitado. No sabía cómo sostener tanta contradicción en el mismo cuerpo: la revelación de su origen, la traición de su madre, el peso de u