Los días pasaron con lentitud, cargados de silencios, suspiros contenidos y oraciones desesperadas. Pero cuando por fin Elizabeth recibió el alta médica, Michael no permitió que nadie más la tocara. La envolvió con delicadeza en sus brazos, como si el más leve movimiento pudiera quebrarla, y la llevó cargada hasta la mansión Miller.
—Estás en casa, mi amor —susurró, mientras la puerta se abría ante ellos.
La mansión, majestuosa como siempre, parecía distinta esa tarde. Una luz dorada atravesab