Alisson gritaba, pataleaba y suplicaba que no hiciera tal cosa, que el hijo que estaba esperando no era de Michael, sino suyo. Pero Christopher parecía no oírla.
«No quería hacerlo».
La tomó en sus brazos y la lanzó sobre sus hombros, para luego tirarla en el asiento trasero de su automóvil. Estaba furioso, cegado por los celos, la rabia y su ego de hombre herido. Tenía los ojos tan rojos como los del mismísimo Hades, y su pecho saltaba de furia inquebrantable.
Cuando Alisson cayó en el asien