La noche anterior había terminado envuelta en el murmullo del mar y el aroma salado de la brisa. Después de instalarse en la villa, Michael y Elizabeth habían hecho el amor hasta que ella quedó rendida, con la cabeza recostada en el sofá al pie de la cama. Apenas recordaba cómo él la tomó en brazos, la llevó con cuidado hasta la habitación y la acomodó entre las sábanas. Solo había sentido el calor de su cuerpo, el roce de su respiración y el sonido constante del océano detrás de los cristales.