El día siguiente había llegado con rapidez, aunque en la mansión Miller el ambiente parecía más de víspera que de día corriente. Austin estaba sentado en una butaca de respaldo alto, en el amplio vestidor, con el ceño fruncido y un puro sin encender atrapado entre sus dedos. Su porte era serio, imponente, pero la escena que se desarrollaba a su alrededor rozaba lo ridículo. Frente a él, Ryan Campbell, con una toalla colgada del hombro como si fuera un estilista profesional, lo miraba con una s