El Hotel Riviera era uno de los más elegantes de la ciudad. Tenía un vestíbulo amplio con lámparas de cristal que colgaban como cascadas, un piso de mármol pulido que reflejaba la luz dorada y una fragancia leve a flores frescas que impregnaba el aire. A un costado, tras una fila de columnas, estaba el restaurante del hotel, iluminado con lámparas bajas y mesas cubiertas con manteles blancos.
Austin avanzaba por el vestíbulo con paso seguro, aunque sus manos delataban su nerviosismo. Llevaba el