Las siete de la noche llegaron con una puntualidad cruel. Ana había pasado la tarde en un estado de ensueño incómodo, dividida entre la adrenalina de estar a punto de conocer al objetivo principal de su misión y el miedo genuino que le producía la situación. Enseñó la clase de baile como un autómata, sus movimientos mecánicos, su sonrisa fingida. Los chicos lo notaron, pero no dijeron nada. Había algo en el aire, una tensión que todos prefirieron ignorar.
A las siete en punto, la camioneta negr