El motor del carro ronroneaba suavemente mientras Dante Rojas se alejaba del edificio de Natalia. Las calles estaban desiertas a esa hora, solo el amarillo intermitente de los semáforos y las sombras de los árboles acompañaban su recorrido. Pero su mente no estaba en el camino. Estaba atrás, en ese apartamento, en la mirada de hielo de Natalia cuando le pidió que se fuera.
Apretó el volante con fuerza, los nudillos blancos contra el cuero negro.
—Idiota —masculló entre dientes—. Maldito idiota.