La penumbra del apartamento era un refugio de sombras y susurros. La lámpara seguía proyectando su luz tenue, pero ya no importaba. Nada importaba excepto el calor de los cuerpos entrelazados, la piel contra la piel, la respiración entrecortada que llenaba el espacio como una música privada.
Dante la había llevado al borde del abismo y más allá, con una intensidad que hablaba de semanas de contención, de deseos reprimidos, de noches en vela imaginando este momento. Sus manos recorrían el cuerpo