Las manos de Ana presionaron suavemente el pecho de Rojas, no con la fuerza suficiente para apartarlo, sino como un recordatorio físico de la línea que estaban cruzando. Pero él no se movió. Su rostro permaneció cerca del de ella, su aliento cálido mezclándose con el suyo en el espacio reducido del apartamento. La lámpara proyectaba sombras danzantes en las paredes, testigos mudos de un momento que no debía estar ocurriendo.
—Dante… —el nombre le salió con dificultad, extraño en sus labios desp