Gabo no se movió. Estaba congelado en su posición, la moto inmóvil entre sus piernas. Pero su congelación no era de rechazo. Era de un shock absoluto. Sus ojos, muy abiertos, estaban clavados en ella, y en ellos había destellado algo primitivo y desnudo, una chispa de deseo puro y sorprendido que la mirada de Ana captó en el instante antes de que él lograra sepultarla bajo capas de control. Su mandíbula se tensó, y un músculo palpito en su mejilla. No dijo nada. No podía.
La turbación de Ana se