El portón de hierro forjado de la residencia de los Rivera se abrió con un suave zumbido. Dante apagó el motor de su auto y respiró hondo, ajustándose mentalmente la máscara del novio atento y el oficial respetuoso antes de tocar el timbre.
Camila lo recibió en la puerta. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, y su sonrisa, al verlo, fue cálida pero teñida de una leve sombra de preocupación.
— Dante —dijo, alzándose para darle un beso en la mejilla que él correspondió con sequedad—. Al fin.