El impacto ocurrió en un segundo que se estiró como una eternidad.
El rugido del motor llenó la calle, un grito metálico que hizo temblar el aire antes de que las llantas chirriaran violentamente contra el asfalto. Ariana apenas tuvo tiempo de girarse. Sus ojos, aún llenos de lágrimas, se abrieron grandes, reflejando un destello de luz, la sombra del auto, la muerte viniendo hacia ella.
—¡No! —susurró, pero su voz se perdió en el viento.
El cuerpo de Ariana salió despedido como si fuera una muñeca de trapo. Se elevó, dio una vuelta en el aire y cayó contra el pavimento con un golpe seco que resonó por toda la cuadra.
Su cabeza golpeó el suelo con un ruido sordo, sus brazos quedaron extendidos en un ángulo lateral y un hilo de sangre comenzó a deslizarse desde su frente hacia la acera, mezclándose con el polvo y las hojas caídas.
El auto nunca se detuvo.
A la distancia, en el interior del vehículo, Olivia sostuvo el volante con fuerza, temblando no de miedo, sino de la euforia más ret