Ariana sintió que el mundo se le comprimía en el pecho.
La tarjeta temblaba entre sus dedos, no por el viento suave que recorría el parque, sino por la sacudida interna que le dejó la última frase de Olivia. Era la tarjeta de Leonardo. La misma. Idéntica.
Un escalofrío le subió por la espalda.
Olivia, frente a ella, sonreía… pero esa sonrisa se evaporó en cuanto sus ojos bajaron, sin querer, hacia el abdomen de Ariana.
Un movimiento casi imperceptible apenas un bulto suave, aún pequeño, aún frágil pero suficiente para que Olivia abriera los ojos de par en par.
Ariana notó el cambio inmediatamente: la tensión, la sorpresa, el cálculo frío detrás del temblor de labios de Olivia.
—Me… voy —susurró la mujer, tragando saliva. La voz no le salió firme, sino temblorosa.
Ariana levantó la mirada, confundida, dolida, rota.
—Yo solo… —continuó Olivia— solo quería que no sufras. Que no sigas viviendo engañada. Por eso vine. Para que Leonardo no te siga mintiendo.
Dio un paso atrás, y luego otro.