Leonardo no había logrado dormir en toda la noche. Había dado vueltas en la cama, con el ceño fruncido, intentando apartar de su mente la imagen del cuerpo de Ariana, empapado, la tela de su pijama pegada a su piel, dejando entrever lo que jamás debió haber mirado.
Cerró los ojos, intentando apagar el deseo que lo consumía por dentro, pero entre más lo hacía, más se hundía en esa mezcla insoportable de frustración y necesidad.
Cuando la primera luz del amanecer se filtró entre las cortinas, se