Leonardo no había logrado dormir en toda la noche. Había dado vueltas en la cama, con el ceño fruncido, intentando apartar de su mente la imagen del cuerpo de Ariana, empapado, la tela de su pijama pegada a su piel, dejando entrever lo que jamás debió haber mirado.
Cerró los ojos, intentando apagar el deseo que lo consumía por dentro, pero entre más lo hacía, más se hundía en esa mezcla insoportable de frustración y necesidad.
Cuando la primera luz del amanecer se filtró entre las cortinas, se levantó abruptamente, maldiciendo por lo bajo.
—Necesito despejarme —gruñó, pasándose una mano por el cabello.
Se vistió con unos pantalones deportivos, calzó sus zapatillas y salió de la mansión sin mirar atrás. El aire fresco de la mañana lo golpeó de lleno en el rostro, pero en lugar de enfriarlo, solo avivó la tensión en sus músculos.
Comenzó a correr por el largo camino que rodeaba la propiedad, las ramas se mecían con el viento y el cielo apenas se teñía de tonos dorados. Cada zancada er