El motor del auto rugió suavemente cuando Martín abrió la puerta trasera para que Ariana subiera. El amanecer había dado paso a una tarde gris, donde las nubes parecían presagiar tormenta.
Ariana se acomodó en el asiento, con el rostro sereno, aunque por dentro su mente era un torbellino. Cerró la puerta sin mirar atrás; sabía que, si lo hacía, vería a Leonardo observándola desde la ventana del despacho, con esa mirada fría que tanto la irritaba como la confundía.
—¿A dónde, señora? —preguntó Martín, ajustando el espejo retrovisor para verla.
Ariana respiró hondo antes de responder.
—A la mansión Santillán.
Martín asintió sin hacer más preguntas. Encendió el motor y el vehículo avanzó con suavidad por el largo camino de piedra que bordeaba los jardines.
Ariana miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos. Cada vez que pronunciaba ese nombre Santillán, sentía una mezcla de rabia. Emma estaba allí, la mujer que un día había jurado amar a su padre, y ahora se había también aprove