El motor del auto rugió suavemente cuando Martín abrió la puerta trasera para que Ariana subiera. El amanecer había dado paso a una tarde gris, donde las nubes parecían presagiar tormenta.
Ariana se acomodó en el asiento, con el rostro sereno, aunque por dentro su mente era un torbellino. Cerró la puerta sin mirar atrás; sabía que, si lo hacía, vería a Leonardo observándola desde la ventana del despacho, con esa mirada fría que tanto la irritaba como la confundía.
—¿A dónde, señora? —preguntó