Mientras tanto, a kilómetros de distancia, la mansión presidencial permanecía envuelta en un silencio engañoso. Las luces exteriores iluminaban los jardines perfectamente cuidados, pero dentro, la calma era solo una fachada.
Harry Velmon ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del vestíbulo. Su reflejo le devolvió una sonrisa satisfecha, fría, calculadora. Tomó las llaves del auto y se giró hacia la puerta principal.
—No me acompañes —ordenó a uno de sus guardias—. Iré solo.
El hombre, alto y de mirada alerta, dio un paso al frente.
—Señor presidente, recuerde lo que pasó con el señor Leonardo Moratti —dijo con cautela—. No es prudente que vaya sin escolta.
Harry soltó una risa breve, divertida.
—Moratti debe estar bastante ocupado ahora mismo —respondió—. Créeme, no tiene tiempo para pensar en mí.
Abrió la puerta y salió sin esperar respuesta.
El motor del vehículo rugió suavemente cuando arrancó. Harry condujo durante más de una hora, dejando atrás la ciudad, los caminos asfal