Mientras tanto, a kilómetros de distancia, la mansión presidencial permanecía envuelta en un silencio engañoso. Las luces exteriores iluminaban los jardines perfectamente cuidados, pero dentro, la calma era solo una fachada.
Harry Velmon ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del vestíbulo. Su reflejo le devolvió una sonrisa satisfecha, fría, calculadora. Tomó las llaves del auto y se giró hacia la puerta principal.
—No me acompañes —ordenó a uno de sus guardias—. Iré solo.
El hombre, al