Las luces de las linternas se movían entre los árboles como ojos hambrientos. Ariana las vio aparecer entre la niebla baja y el miedo le apretó el pecho con violencia.
Su respiración se volvió errática mientras intentaba acelerar el paso, aunque sus piernas apenas le respondían. Cada paso era una lucha contra el mareo, contra el dolor que aún le martillaba las sienes.
Tropezó con raíces, se sostuvo de los troncos ásperos, se obligó a no mirar atrás.
Pero era inútil.
—Ariana, detente —la voz d