El hombre retrocedió un paso, luego otro, con las manos en alto, el rostro pálido y los ojos fijos en el cañón del arma que Leonardo sostenía con absoluta firmeza. No temblaba. No dudaba. Su brazo estaba recto, decidido, como si aquella pistola fuera una extensión natural de su cuerpo.
—Tranquilo… tranquilo… —balbuceó el guardia, tragando saliva.
Leonardo no respondió. Avanzó un paso más, obligándolo a retroceder hasta chocar contra el marco de la puerta.
Detrás de él, la mansión parecía contener la respiración.
En ese momento, el sonido de unos tacones resonó desde lo alto de las escaleras.
Emma apareció en lo alto, vestida con una bata elegante, el cabello perfectamente acomodado, pero con el rostro endurecido por la sorpresa. Al ver la escena, sus ojos se abrieron apenas un segundo… lo suficiente para delatarla. Instintivamente dio medio paso atrás.
—No tan rápido —dijo Martin, alzando su arma y apuntándole sin titubeos—. Es mejor que se detenga, señora Emma.
Ella se giró bruscame