El hombre retrocedió un paso, luego otro, con las manos en alto, el rostro pálido y los ojos fijos en el cañón del arma que Leonardo sostenía con absoluta firmeza. No temblaba. No dudaba. Su brazo estaba recto, decidido, como si aquella pistola fuera una extensión natural de su cuerpo.
—Tranquilo… tranquilo… —balbuceó el guardia, tragando saliva.
Leonardo no respondió. Avanzó un paso más, obligándolo a retroceder hasta chocar contra el marco de la puerta.
Detrás de él, la mansión parecía conte