La mañana siguiente amaneció gris. Una llovizna fina golpeaba los ventanales de la mansión presidencial mientras Leonardo caminaba por el pasillo con paso firme, llevando del brazo a Ariana. Ella avanzaba despacio, aún un poco pálida, y aunque insistía en que estaba bien, él no pensaba arriesgarse.
Martín iba detrás, atento a cada detalle.
Una vez llegaron al centro médico privado donde harían los exámenes, Leonardo se mantuvo junto a ella en todo momento. No permitió que nadie más la acompañar