La mañana siguiente amaneció gris. Una llovizna fina golpeaba los ventanales de la mansión presidencial mientras Leonardo caminaba por el pasillo con paso firme, llevando del brazo a Ariana. Ella avanzaba despacio, aún un poco pálida, y aunque insistía en que estaba bien, él no pensaba arriesgarse.
Martín iba detrás, atento a cada detalle.
Una vez llegaron al centro médico privado donde harían los exámenes, Leonardo se mantuvo junto a ella en todo momento. No permitió que nadie más la acompañara, salvo el personal estrictamente necesario.
Ariana se acostó en la camilla, respirando hondo.
Leonardo se quedó de pie, sin moverse, observándola como si temiera que se desvaneciera otra vez.
—Estoy bien, Leo —susurró ella, intentando sonreír.
—No me importa —respondió él, serio—. Hasta que sepamos qué tienes, no me separaré de ti.
Ella rodó los ojos con cariño.
Los exámenes tardaron más de lo esperado. Sangre, presión, estudios adicionales… Todo para asegurarse de que lo ocurrido la noche ant