Más tarde en la casa, Leonardo ya estaba en la casa presidencial.
Había llegado hacía apenas una hora, pero el tiempo parecía avanzar más lento que de costumbre.
Había intentado concentrarse en los documentos, en los informes, en las llamadas… pero no podía.
No después de todo lo ocurrido las últimas semanas.
La puerta principal se abrió de golpe.
Leonardo levantó la cabeza.
Ariana entró… corriendo.
Su respiración entrecortada, su camisa ligeramente arrugada, el cansancio dibujado en cada línea de su rostro… pero aun así, para él, ella seguía siendo la imagen más hermosa que había visto en su vida.
—Ariana… —susurró él, poniéndose de pie de inmediato.
Ella no lo pensó.
No vaciló.
No dudó ni un segundo.
Se lanzó a sus brazos.
Leonardo la sostuvo con una fuerza desesperada, como si fuera lo único que existiera.
Sus manos la rodearon por completo, una en su espalda, la otra en su nuca, como si quisiera anclarla a él.
—¿Estás bien? —preguntó él con voz ronca, pegando su frente a la de ell