Harry apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le crujió. El teléfono quedó hecho pedazos contra la pared de su despacho. Los fragmentos cayeron al suelo como un eco de su propia rabia.
—¡Maldita sea! —rugió, golpeando el escritorio con el puño cerrado—. ¡Maldita sea…!
Su respiración era un jadeo violento, como si el pecho no pudiera contener la furia que hervía dentro de él.
“Embarazada… Ariana está embarazada… de Leonardo”.
Las palabras de Emma seguían retumbando en su cabeza como un martillazo insoportable. Ariana, la mujer que se había convertido en su completa obsesión.
Leonardo Moratti
El presidente perfecto. El hombre intocable. El esposo de la mujer que se convierto en su obsesión.
Harry sintió que la sangre le ardía en las sienes.
—Es hora… —susurró con un tono oscuro—. Es hora de ir por el imbécil de Leonardo.
Tomó otro teléfono uno de los tantos que tenía guardados en un cajón—y marcó un número que había memorizado desde hacía años.
Un número que solo usaba