Harry apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le crujió. El teléfono quedó hecho pedazos contra la pared de su despacho. Los fragmentos cayeron al suelo como un eco de su propia rabia.
—¡Maldita sea! —rugió, golpeando el escritorio con el puño cerrado—. ¡Maldita sea…!
Su respiración era un jadeo violento, como si el pecho no pudiera contener la furia que hervía dentro de él.
“Embarazada… Ariana está embarazada… de Leonardo”.
Las palabras de Emma seguían retumbando en su cabeza com