La iglesia seguía siendo un campo minado de tensión.
Nadie respiraba con normalidad. Nadie se atrevía a moverse. Los invitados estaban atrapados entre el terror y la incredulidad, fingiendo dignidad mientras la violencia latente se deslizaba entre los bancos, con una sonrisa fingida, no sabían si llorar o salir corriendo por sus vidas.
Eduardo Montenegro tenía el rostro endurecido, los ojos encendidos de furia contenida.
Rafael De Luca, el novio humillado, parecía un hombre roto: la mandíbula r