Fuego y sangre

Y entonces, no dudó.

Con un movimiento seco, desesperado y brutal, levantó la rodilla y la estrelló con todas sus fuerzas contra la entrepierna de Eduardo.

El grito que salió de su garganta fue animal.

—¡Hija de—!

El arma se desvió apenas un segundo.

Eso fue suficiente.

Elizabeth se lanzó hacia adelante, empujándolo con todo su peso. Ambos perdieron el equilibrio. El cuerpo de Eduardo chocó contra un banco y ella cayó al piso con violencia, rodando entre flores aplastadas y telas blancas.

—¡AL
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