William la miró horrorizado, mientras veía como su reina se quejaba del dolor.
—¡Vete, vete, maldita sea! —escupió Emma entre dientes, apretando la pierna que ardía por el roce de la bala—. ¡No te quiero ver!
William, pálido, tembloroso, dio un paso hacia ella.
—Mi reina… mi reina, ¿qué puedo hacer? D-dígame… —balbuceó, desesperado.
—¡Te dije que te largues! —gritó Emma, con la voz desgarrada por el dolor.
William retrocedió un par de pasos, nervioso, sudando frío.
—S-sí… sí, mi reina… —susurró