La reunión seguía en el gran salón, llena de murmullos, risas y brindis diplomáticos. Entre todo ese ruido, entre toda esa gente, había un solo punto que mantenía fija la atención del presidente: Ariana.
Ariana sonriendo. Ariana hablando animada.
Ariana inclinándose hacia Ethan como si él fuera el único que la escuchara.
Cada mínima cosa era un golpe directo a su paciencia.
Leonardo respiró por la nariz, conteniendo el impulso de ir hacia ellos y arrancarla de su lado. El magistrado, que llevaba varios minutos hablándole, notó su falta de atención y carraspeó.
—Presidente… —intentó.
Leonardo volvió en sí, endureció la expresión y asintió levemente.
—Caminemos a la biblioteca. Será más privado —dijo con voz firme, autoritaria, sin dejar espacio a réplica.
El magistrado aceptó de inmediato.
Leonardo avanzó primero.
Olivia lo observó desde la distancia.
Desde que vio la tensión endurecerle la mandíbula supo que algo no marchaba bien. Era experta en leerlo, incluso cuando él no lo quería.