—Si no me dices en dónde demonios está Ariana Santillán, o cuál fue el maldito trato que hiciste con la zorra de Emma, te prometo que vas a rogar que te deje respirar. No me importa si tengo que romperte cada hueso del cuerpo —habló, su voz grave y contenida, tan baja que helaba..
El gordo soltó una risita temblorosa, empapado en sudor.
—Ya te lo dije… no sé nada de esa zorra —bufó, limpiándose la sangre del labio con la manga del saco—. Vete al infierno, imbécil.
Ethan respiró hondo, pero lo único que logró fue sentir cómo la rabia le subía como un veneno por las venas. Caminó hacia él con paso firme, los puños cerrados. Lo miró con desprecio, lo tomó del cuello y lo estampó contra el suelo con fuerza.
—Habla, maldito imbécil, ¡habla! —rugió, descargando un golpe tras otro sobre su rostro.
El cuerpo del gordo se sacudió, intentando cubrirse, pero Ethan no se detuvo.
La furia lo controlaba.
Cada golpe era una palabra no dicha, cada puñetazo un grito que había tragado durante horas.
—¡