Mientras tanto, en el club Ethan observó desde su rincón cómo el hombre gordo se levantaba con lentitud, la sonrisa ladeada, una copa de whisky en la mano y la otra hundida en la cintura de la mujer que acababa de besarlo. Ella, de vestido corto y risa fingida, lo seguía como si no existiera nadie más en el salón.
El murmullo de las conversaciones, las risas apagadas y la música suave de fondo no lograban distraerlo. Había esperado más de una hora a que ese cerdo apareciera, y ahora que lo veía