Hoy es el día.
Leonardo avanzó por el pasillo con paso firme, el eco de sus zapatos resonando en el mármol de la mansión. La mañana había comenzado hace horas, pero él ya había tenido tres reuniones, firmado documentos y respondido a varios ministros. Ahora, sin embargo, había algo más urgente que cualquier asunto de Estado.
Apretó el puño frente a la puerta blanca del cuarto de Ariana y tocó con los nudillos. Dos veces. Firme.
Dentro, Ariana se levantó de la cama. Había dormido poco. La noche anterior había sido un torbellino: el encuentro con Olivia, el beso inesperado, la manera en que Leonardo la había tocado… y luego, la soledad.
Aún podía sentir el sabor del vino que él había bebido antes de besarla.
Inspiró profundo, se arregló el cabello con los dedos y fue hacia la puerta.
Cuando la abrió, Leonardo se quedó quieto.
Por un instante, el aire entre ellos pareció tensarse. Ariana tenía el cabello suelto, y una blusa blanca simple que apenas ocultaba la curva de su clavícula. Él tragó saliva, i