Ni se te ocurra tocarla

El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Ariana la observaba de pie frente a ella, los brazos cruzados, la mirada ardiendo como una llama contenida. Emma respiró hondo, apenas audible, y murmuró entre dientes, casi para sí misma:

—Maldita sea… debo mostrarme dócil.

Apretó las manos contra su falda, obligándose a mantener una expresión serena. Pero Ariana no era tonta. Dio un paso más, lento, firme, dejando que el sonido de sus tacones resonara en la vieja mansión.

—No estoy dispuesta a dejar que te salgas con la tuya —dijo con una calma que helaba—. Ese dinero no te pertenece.

Emma levantó el rostro, y por un momento pareció la misma mujer derrotada del principio. Pero entonces, una chispa peligrosa cruzó sus ojos.

La docilidad se deshizo como un velo. Se irguió, sonriendo con la arrogancia que tan bien sabía usar.

—Lo siento, querida —dijo con veneno en la voz—. Pero ese dinero también me pertenece. Creo que es lo mínimo que merezco por aguantar al ma
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