El disparo fue seco, un sonido agudo que se encerró en todo el camerino.
Emma sintió el retroceso del arma sacudirle el brazo, y el eco perforarle los oídos.
Por un segundo, el mundo entero se detuvo.
Alberto abrió los ojos de par en par. La incredulidad le cruzó el rostro como una sombra que se quiebra.
Luego, lentamente, muy lentamente, su cuerpo comenzó a ceder. Las rodillas le temblaron, se doblaron, y su peso retrocedió como si una cuerda invisible lo jalara hacia atrás.
En su camisa, justo debajo la mancha de sangre empezó a expandirse como una flor oscura.
—Ma… maldita… perra… —gruñó, cada sílaba desgarrada, mientras sus manos iban a la herida, presionándola inútilmente.
Pero su fuerza ya no era la misma.
El orgullo tampoco.
Sus dedos temblaban, sus piernas cedieron.
Cayó de lado, primero apoyándose en un codo ensangrentado, luego completamente, rodando torpemente sobre su espalda. El aire le salió en un gruñido lleno de dolor y odio. Su pecho se levantó una vez más… y volvió