El disparo fue seco, un sonido agudo que se encerró en todo el camerino.
Emma sintió el retroceso del arma sacudirle el brazo, y el eco perforarle los oídos.
Por un segundo, el mundo entero se detuvo.
Alberto abrió los ojos de par en par. La incredulidad le cruzó el rostro como una sombra que se quiebra.
Luego, lentamente, muy lentamente, su cuerpo comenzó a ceder. Las rodillas le temblaron, se doblaron, y su peso retrocedió como si una cuerda invisible lo jalara hacia atrás.
En su camisa, jus