Leonardo caminó hacia la calle y tomó un taxi, subió y cerró la puerta de un solo golpe.
—¡Maldición! —masculló entre dientes, pasando una mano por su cabello y la otra golpeaba el asiento del copiloto mientras apretaba la mandíbula.
El taxista lo observó por el retrovisor, incómodo, y tras unos segundos de silencio se atrevió a hablar.
—Señor… debe calmarse —dijo con cautela—. O me veré en la obligación de bajarlo.
Leonardo soltó una risa breve, amarga, sin humor alguno.
—Conduzca —ordenó—. S