Leonardo caminó hacia la calle y tomó un taxi, subió y cerró la puerta de un solo golpe.
—¡Maldición! —masculló entre dientes, pasando una mano por su cabello y la otra golpeaba el asiento del copiloto mientras apretaba la mandíbula.
El taxista lo observó por el retrovisor, incómodo, y tras unos segundos de silencio se atrevió a hablar.
—Señor… debe calmarse —dijo con cautela—. O me veré en la obligación de bajarlo.
Leonardo soltó una risa breve, amarga, sin humor alguno.
—Conduzca —ordenó—. Solo conduzca.
Apretó los puños sobre sus piernas, intentando dominar el torbellino que lo consumía por dentro.
La imagen de Maximiliano aferrado a su chaqueta no se iba de su mente. Esa sensación inexplicable en el pecho… esa certeza que no quería aceptar.
Mientras tanto, en la mansión Santillán, Ariana caminaba de un lado a otro del amplio salón, los tacones resonando contra el mármol con un ritmo nervioso.
Se llevó una mano al pecho y respiró hondo, intentando tranquilizarse, pero la tensión