Harry Velmon permanecía sentado, rígido, con la mandíbula apretada hasta dolerle. Sus dedos tamborileaban lentamente sobre el brazo del sillón, pero el gesto no delataba nerviosismo, sino una furia contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.
El despacho del fiscal olía a café frío y a papel viejo. A Harry le resultaba insoportable.
—Señor presidente —dijo el fiscal, acomodándose las gafas mientras revisaba la carpeta frente a él—. Todas las pruebas que nos hicieron llegar han sido verificadas. Son válidas. Videos, transferencias, nombres, fechas. Todo coincide.
Harry ladeó la cabeza apenas, como si no hubiera escuchado bien.
—¿Y? —respondió con una sonrisa lenta, peligrosa—. ¿Eso se supone que debe asustarme?.
El fiscal no se dejó provocar.
—Le recomiendo que consiga un muy buen abogado. A partir de hoy, se abre una investigación formal en su contra.
El silencio cayó como una losa.
El abogado de Harry se inclinó hacia él, hablándole en voz baja, urgente.
—Señor presiden