Harry Velmon permanecía sentado, rígido, con la mandíbula apretada hasta dolerle. Sus dedos tamborileaban lentamente sobre el brazo del sillón, pero el gesto no delataba nerviosismo, sino una furia contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.
El despacho del fiscal olía a café frío y a papel viejo. A Harry le resultaba insoportable.
—Señor presidente —dijo el fiscal, acomodándose las gafas mientras revisaba la carpeta frente a él—. Todas las pruebas que nos hicieron llegar han sid