Ariana estaba sentada frente al escritorio de madera clara, con la espalda recta y los hombros tensos, revisando por enésima vez los documentos que tenía frente a ella. Los folders estaban perfectamente alineados, cada uno con etiquetas de colores que marcaban contratos, balances y acuerdos pendientes. La luz de la tarde entraba por el ventanal del despacho, dibujando líneas doradas sobre el suelo pulido. A pesar de la calma aparente del lugar, su mente no dejaba de trabajar, repasando cifras, cláusulas y plazos.
Había aprendido a concentrarse incluso cuando el cansancio le pesaba en los párpados. Cada hoja que revisaba parecía exigirle más atención que la anterior. De vez en cuando, se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja y tomaba aire, como si así pudiera ordenar también sus pensamientos. No esperaba a nadie; por eso, el sonido seco de la puerta al abrirse la tomó completamente por sorpresa.
Ariana alzó la vista de golpe.
En el umbral aparecieron Maximiliano y Alex, con