Mientras tanto, a kilómetros de distancia el vehículo negro avanzaba por la carretera secundaria, alejándose de la ciudad, dejando atrás el ruido, los flashes y el caos que comenzaba a devorar el nombre de Harry Velmon.
El cielo estaba cubierto, pesado, como si incluso el clima presintiera el desastre.
Harry iba en el asiento trasero, la mandíbula tensa, los dedos crispados sobre el teléfono que no dejaba de vibrar. Mensajes, llamadas perdidas, alertas. Todo ardiendo.
Olivia, a su lado, observaba por la ventana con aparente indiferencia, cruzada de piernas, impecable como siempre. Su tranquilidad era casi insultante.
—¿Puedes creerlo? —estalló Harry de pronto—. ¿Puedes creer que todo se esté yendo al demonio y tú estés ahí sentada como si nada?
Olivia giró apenas el rostro.
—Relájate —dijo con desdén—. Gritar no hará que desaparezcan las noticias.
El auto se detuvo frente a una casa amplia, aislada, rodeada de árboles y silencio. Una propiedad que Harry creía segura. Privada. Lejos d