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No tuve que mover ni un solo dedo

Martín tardó más de lo que Leonardo podía soportar. Cada minuto era una tortura. Cada segundo, una cuerda que se apretaba alrededor de su garganta.

Cuando al fin entró en la cabina del avión, la expresión en su rostro lo dijo todo antes de abrir la boca.

—Lo siento, señor presidente… —su voz tembló apenas—. Pero no podemos despegar. No nos dan el permiso.

Leonardo levantó la cara lentamente, como si su mente se negara a procesarlo.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó con un hilo de voz, tan helado
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