Hacerla hablar

Mientras tanto, en el extremo opuesto de la ciudad, las luces de la bodega apenas lograban ver a lo lejos. El vehículo negro se detuvo frente a la entrada principal y Leonardo fue el primero en bajar.

Su expresión era dura, impenetrable. Martín descendió a su lado, ajustándose la chaqueta, y Ethan cerró la marcha, observando el entorno con atención militar. Nadie decía nada y la verdad no hacía falta. La tensión se respiraba en el aire.

Avanzaron a pasos agigantados, cruzando el portón metálico que se cerró detrás de ellos con un golpe seco. Bajaron por una escalera angosta que conducía al sótano.

Dos hombres armados custodiaban la puerta reforzada al final del pasillo. Leonardo no dijo una sola palabra; simplemente hizo un leve ademán con la mano.

Los hombres se hicieron a un lado de inmediato, bajando la mirada. La puerta se abrió con un chirrido pesado.

Los tres entraron.

El sótano estaba apenas iluminado por una sola bombilla colgante que se movía levemente. En el centro de la
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